Escondidos bajo el viejo roble, milenario y gigantesco, los dos rubios de seis y siete años se creaban sus historias con los coches de juguetes, los soldaditos de plomo y el fuerte de los indios comanches. Ilusiones y fantasías, diálogos y conversaciones de niños se mezclaban con el frescor de la tarde y la sombra del hueco corvado y oscuro, del agujero escondido, oculto y misterioso bajo las ramas.
Los niños vestidos con pantalones cortos, camiseta de rayas y gorra azul marino, ensuciaban alegremente y sin darse cuenta, su ropa recién puesta,limpia y pulcra como una pátena. El calor abrasador del calor incitaba a guarecerse debajo de los chopos, los robles, los castaños; toda la finca de su abuela era un escondite de juegos perfecto paradisfrutar de las horas más calurosas del mes de julio en donde, la brisa era tan leve y efímera que, cualquier persona se tapaba y ocultaba de los fuertes y cálidos rayos.
Juego y paraíso eran indivisibles, todo el día era disfrute y deleite de los sueños de los dulces niños.

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