Sensible y tierno como la piel suave de un niño pequeño me acarició la cara y me tocó el pelo. Su mirada infantil, su rostro hundido y sus rasgos peculiares de Síndrome de Down, me daban una ligera idea de su persona aunque variable y distinta según los momentos; torpe en sus gestos y movimientos, manos anchas y regordetas, abdomen abombado y rechoncho, pero con corazón entregado a los niños y a los adultos que compartían trabajo con él.
Hacía fotocopias en la papalería de al lado de mi tienda; todos los días yo pasaba a verle con la disculpa de comprar un bolígrafo de tinta diferente cada día y, él siempre me acariciaba mi rubia melena, me decía un piropo y me sonreía. Su único trabajo era estar pendiente de todas las fotocopias que se pedían diariamente en la papelería, muy pocas por cierto - pero, él era un hombre entregado a su labor y lo único que pensaba en su reducida mente infantil casi al 100% era, en agradar a los demás y ser feliz. Con eso ya era suficiente para él. Y, la verdad, ya es bastante.
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viernes, 18 de mayo de 2007
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